sábado, 5 de abril de 2008

El rusito

En la sala de espera donde realizábamos los trámites para obtener la residencia en España, un par de años antes de la afortunada ley de extranjería, coincidimos con un ruso de unos veinticinco años que buscaba asilo político y que a pesar de que no sabía una sola palabra en español trataba de hacerse entender con la mímica de los gestos y la onomatopeya de los sonidos. Hizo varias señas clásicas, las de empuñar un arma y decir pum pum por ejemplo, mediante las cuales desciframos que nos ubicaba en una guerra, pero, la que mas nos extrañó, consistía en apoyarse con fuerza la punta del dedo índice reiteradamente sobre uno y otro brazo señalándonos varias cicatrices pequeñas y circulares que podían verse perfectamente arriba y al dorso de cada uno de ellos al tiempo que aspiraba aire entre los dientes apretados, clara mueca con la que se demuestra estar impresionado por algo. No había forma de desentrañar el babélico dilema. Mas tarde, cuando llegó la abogada que el ayuntamiento nos asignaba gratuitamente para ayudarnos a hacer los trámites, resultó que era la misma que patrocinaba al rusito y fue ella quien nos aclaró lo que quería decirnos. Aquellos gestos significaban que en la viga de una ruina, hincándole los brazos a martillazos con unos clavos, le habían crucificado.
Nunca supimos si el rusito o sus verdugos eran católicos, pero hasta nosotros que éramos agnósticos (y los seguimos siendo descaradamente) le creímos al pie de la letra. La perversidad humana tiene aún menos límites que la credulidad religiosa. El rusito, simulando prestar atención, había oído el relato de la abogada sin entender un ápice de la confidencia y, condescendiente, nos había ido asintiendo cada mirada con una sonrisa que no encajaba para nada con la historia que estabamos escuchando.

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