martes, 28 de agosto de 2007

La apilada de Capote

El bar que yo frecuento, decía mi viejo, como todos los bares, tiene un íntimo sentimiento futbolero. Algunos cuelgan un banderín con los colores del club de sus amores, otros enchinchan el clásico póster con los jugadores de pié e hincados en formación, aquellos exhiben la camiseta del héroe favorito, estos ostentan la foto autografiada del goleador, y el mío, un cuadro del descubrimiento de América.Te aclaro que el descubrimiento de América propiamente dicho, decía mi viejo, se produjo el 12 de octubre de 1939, unos segundos después de que a Vicente de la Mata, alias Capote, un verdadero diablo rojo del Independiente de Avellaneda, se le ocurriera la brillante idea de gambetearse a todo millonario que se le interpusiera entre la pelota y el arco de River Plate aquella gloriosa tarde. Cuando el arquero se la dio allá en el fondo, Vicente levantó la cabeza, se acarició los bigotitos con la punta del índice como reflexionando y ahí nomás salió, elegante, seguro de sí mismo, con esa sonrisa seria que se les dibuja en la cara a los futbolistas que nunca olvidan que esto es un juego, que están jugando, esa sonrisa que, si nos fijamos bien, ya les delata la travesura que están por hacer. Y empezó a pasar gente, uno se tiraba a la derecha y el Capote aparecía en la izquierda, otro se clavaba para pecharlo y el Capote ya estaba haciéndole un caño. Si el defensor le miraba los pies el Capote se la pasaba por arriba de la cabeza y si le miraba la cabeza se la pasaba por la izquierda y lo esquivaba por la derecha para encontrarse de nuevo con la pelota a las espaldas del adversario. Así se pasó a todo el equipo rival dos veces (y a algunos defensores hasta tres veces, acotaba mi viejo) siempre utilizando una maniobra diferente a la anterior como si fuera mostrando un formulario de la creatividad en el malabarismo, hasta que le quedó el arquero a tiro. Miró uno de los palos y como quien no quiere la cosa, casi aburrido ya de tanto firulete, la durmió en las redes que estaban enganchadas en el otro. Que querés que te diga, decía mi viejo, si no hubiera sido gol el arbitro lo cobraba igual de la vergüenza. Y el tipo se dio vuelta como si no hubiera hecho nada en toda la tarde, se pasó la palma de la mano por el pelo engominado para ver si se había despeinado y buscó cansinamente el centro del campo. Tan folklórico alarde de magia, este descubrimiento de América que fue bautizado como “La apilada de Capote”, pasó a ser la expresión máxima de la idiosincrasia sudamericana en todo sentido, no solo en el del fútbol argentino, decía mi viejo.

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