miércoles, 13 de febrero de 2008

Nunca

En alguna tarde perdida en el Madrid de los ochenta, y de casualidad, caí en el departamento de un argentino que hacía ya algunos años que vivía en España. Habíamos ido con un colega español, creo que para adelantar el diseño de una campaña publicitaria. Nos presentamos y nos encaminamos hacia la mesa de trabajo recorriendo el pasillo y atravesando algunas habitaciones. En esos momentos sonó el teléfono y nuestro anfitrión se adelantó para atender, mi compañero lo siguió pero yo me quedé un poco rezagado al pasar por la biblioteca. Los lomos de los libros perpendicularmente ordenados en los estantes siempre han despertado mi somnolienta curiosidad, de inmediato ladeo la cabeza facilitando así la lectura vertical imprescindible para estos casos, trato de leer la mayor cantidad de títulos posible y los entretejo caprichosamente convencido de que, de esta manera, uno se hace una idea bastante aproximada del alma del dueño de casa. En eso estaba cuando blanco y voluminoso, descansando sobre un banquito al costado de la biblioteca, veo un ejemplar del “Nunca mas” al que alguien, con pulso tembloroso pero decidido y con birome azul trazo grueso, sobre el título, había escrito “Nunca digas”. Hasta el día de hoy me acuerdo de un rayito de sol tibio que entraba desde el invierno de afuera y rozaba la tapa. Leí de corrido, “Nunca digas nunca mas“.

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